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A pesar de la intempestiva hora y de tratarse de un jueves, el andén alojaba a no menos de una decena de personas. La mayoría esperaban al tren con la única intención de desplazarse hasta la capital, tras un duro día de trabajo.

John Netsby, no. Si su anodina presencia hubiese sido percibida por el resto de personas, seguramente creerían que su nerviosismo —el continuo mirar el reloj, mientras oteaba el horizonte— estaba producido por una larga jornada de trabajo, o quizá por una conversación y unas cervezas que se habían prolongado más de lo que la sensatez dictaba. Sin embargo, la realidad era otra: Netsby esperaba a alguien. A una persona que podría lograr que la pesadilla terminara.

Cuando el que debía de ser el último tren hizo su aparición, un escalofrío recorrió el cuerpo del hombre. ¿Y si no había podido subir? Se imaginó una nueva noche en vela. Los gritos y las amenazas. No sería capaz de aguantarlo, y lo sabía. Volvió a respirar cuando vio a una figura alta y delgada, cubierta con un abrigo largo que daba la impresión de raído bajo la tenue luz de la estación, y que portaba un pequeño maletín como único equipaje.

—¿Señor Abbot? —Netsby comenzó su saludo varios pasos antes de alcanzar al recién llegado—. Soy John Netsby.

—Me ha reconocido, por lo que veo —fue la rápida respuesta del otro—, así que presentarme a mí mismo estaría de más. Es un placer conocerle en persona, señor Netsby.

Se estrecharon las manos antes de seguir hablando, a la vez que caminaban hacia la salida de la estación.

—Ya conoce usted el caso —dijo Netsby tras un par de frases intrascendentes—. Tanto su madre como yo estamos… desesperados.

—La desesperación suele conducir, con mucha frecuencia, a la precipitación y al equívoco. Puedo asegurarle que apenas uno de cada diez casos que he tratado encierra algún peligro. La mente, mi estimado amigo, es uno de los grandes misterios del universo. No se preocupe, estoy convencido de que su hija se encontrará completamente repuesta en unas horas.

La calma y parsimonia de Abbot, lejos de tranquilizarle, hicieron que se le formara un nudo en el estómago. No dijo nada.

Un silencio salpicado con un par de trivialidades fue su único acompañamiento hasta la vivienda familiar. Julia Netsby —de soltera, Smith— los esperaba en la puerta, que tal vez llevase abierta más de una hora o, quizá, acabara de abrirse tras divisar a los dos individuos atravesando la nublosa noche. De una forma o de otra, aquello era la menor de las preocupaciones de los presentes.

—¡Gracias a Dios! —exclamó la mujer, en un tono entre la sorpresa, la incredulidad y una cierta molestia por el retraso—. Está arriba, en la buhardilla.

Dejando los saludos para más tarde, los dos hombres subieron por las estrechas escaleras, liderando el paso Netsby, que igual subía los escalones de dos en dos como de tres en tres, siguiendo un criterio imposible de discernir. Abbot, por su parte, avanzaba escalón a escalón, sin llegar a quedarse en ningún momento a mucha distancia del otro. Una vez arriba, mientras uno jadeaba por el esfuerzo, el otro abría su maletín apartando levemente la vista de la persona que se hallaba frente a ellos.

Esa persona, por supuesto, era la hija de John y Julia. La niña miraba al extraño que había invadido sus dominios, sin que su mente fuese capaz de descubrir quién era o qué quería.

Su mente humana, al menos.

—…Abbot…

No era la voz de una niña la que había salido de la boca de la pequeña. Apenas podía ser considerada una voz, en realidad. ¿Un gruñido? Si llamáramos brisa a un tornado, tal vez podríamos llamar gruñido al sonido cavernoso que hizo levantar la vista a ambos hombres.

—Abbot… —volvió a repetir—, qué amable viniendo a verme.

El hombre no respondió, sino que regresó a su tarea anterior, ignorando en apariencia lo que ocurría frente a él. Netsby no parecía tener tanta fuerza de voluntad.

—Cariño… —Una lágrima se deslizó por su mejilla—. Vas a ponerte bien.

—Papá, has traído al hombre malo. —Esta vez era una voz infantil la que había hablado.

—Esa no es su hija —dijo rápidamente Abbot—. No le haga…

La frase quedó interrumpida cuando un bate de beisbol se estrelló contra su cabeza, haciendo que el hombre cayese al suelo. El siguiente golpe lo dejó inconsciente. Tres más lograron que se formara en el suelo una gran mancha roja grisácea.

—He hecho lo que querías. —Netsby soltó el bate y se acercó hacia la pequeña—. Libérala, por favor.

—Un trato es un trato —sentenció la niña, de nuevo con una voz que no era la suya—. Una vida por una vida, y un alma por un alma.

«Hasta pronto, John.»

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