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–Hola.

Dejé de mirar a las dos mujeres y me giré en dirección al sonido de la voz que acababa de sonar. Ante mí, en la pequeña cafetería, se encontraba un individuo que no conocía.

–No quiero molestar –dijo, anticipándose a cualquier recriminación que pudiéramos haber hecho–. Tan solo, si no os importa, me gustaría sentarme a desayunar con vosotros.

Seguro que imaginaréis mi desconcierto. Después de una noche de juerga, donde acababa de conocer a mis acompañantes, uno no espera hallarse en una situación tan surrealista. Miré a las mujeres y, de nuevo, volví la cabeza ante el intruso.

–Me llamo Óscar –siguió diciendo, sin darnos por el momento oportunidad de réplica–. ¿Y vosotros?

No es tan extraño que un desconocido se ponga a hablar contigo, sobre todo si vas acompañado de dos bellezas. Sin embargo, había algo que no me gustaba en todo aquello, aunque aún no sabía de qué se trataba.

–Luisa –respondió una de ellas, con timidez. El bueno de Óscar no tardó en sentarse junto a ella, tomando unilateralmente el descubrimiento de su nombre como una invitación a compartir mesa.

Paula, su amiga, lo miró con desconfianza. Yo, con curiosidad. ¿Qué pretendía? Seguramente no era más que un borracho con ganas de…

Un momento.

Óscar no estaba borracho. Al contrario que nosotros, tras una noche recorriendo bares, parecía sereno. Observé sus ojos y vi que, en contraste con su actitud amable, casi servil, su mirada era fría como el acero. Como la muerte.

No buscaba hacer amigos. Ni un ligue. Sus necesidades eran, sin lugar a dudas, mucho más oscuras. Un cazador en busca de presas débiles.

–Lo siento –dije, por fin–, pero preferimos estar a solas.

Me sonrió, con una sonrisa que me recordaba al travieso gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas. O, más bien, a una versión maligna suya.

–Creo que a ellas –señaló a mis dos acompañantes– no les molesta mi presencia.

«A mí sí», pensé.

–Igual no me has entendido –puse la misma sonrisa mientras hablaba–. Vamos a estar a solas, Óscar.

Mantuvo mi mirada unos segundos, antes de agachar la cabeza. Yo sabía lo que buscaba, y él sabía que yo lo sabía.

–Que tengáis un buen día –se levantó y, sin girarse, se dirigió a la barra.

No pasó mucho hasta que se acercó a una nueva mesa. En aquella ocasión, solo había una chica en ella. Una joven de cabello corto y pelirrojo, que no creí volver a ver.

Me equivoqué. Al día siguiente, la fotografía de aquella chica salió en casi todos los medios de comunicación del país. Menos de una semana después, su cuerpo mutilado apareció junto al vertedero. No tardaron en dar caza a Óscar, que terminó por pegarse un tiro antes de que lo atraparan.

En las noticias dijeron que se trataba de un peligroso asesino, buscado en varios países y, además de ser responsable de la muerte de Estela –pues ese era el nombre de la chica del bar–, se le atribuían al menos cuatro asesinatos más. Y dos desapariciones.

El tío era un cabrón, pero he de admitir que esas desapariciones no fueron cosa suya. ¿Sabéis a quiénes me refiero, verdad? Miré a las dos mujeres atadas y amordazadas. Paula había perdido el conocimiento hacía ya un día. Luisa aún tenía los ojos abiertos, aunque a duras penas, y me miraba con una expresión mezcla de súplica, rabia y odio.

Me gustaba esa mirada.

Cogí de nuevo el instrumental, como yo lo llamaba, y me acerqué a ella.

–No deberías hablar con desconocidos –le susurré al oído.

Luego, seguí cortando.

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