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John cogió el teléfono:

—Dígame —dijo, con nerviosismo. Al otro lado de la línea se oía una respiración grave y pausada. John sabía que era la llamada que estaba esperando.

—Señor Scott, tenemos a su hijo. —Hubo una pausa antes de que la voz continuara—. Si quiere volver a verle con vida, siga exactamente nuestras instrucciones.

Tenía muchas preguntas que hacer, pero lo único que salió de su boca fue un “sí”. Cogió el lápiz que tenía junto al aparato y comenzó a escribir, aunque sabía a ciencia cierta que no olvidaría nada de lo que su interlocutor le dijera.

—En el cruce de Lincoln con Liberty hay un buzón de correos. Deposite en él 50.000 dólares en un sobre a las seis de la tarde y luego vuelva a su casa. Si el dinero no está allí a esa hora, su hijo morirá; si llama a la policía, su hijo morirá; si a las seis y cuarto no ha respondido a la llamada que realizaremos a su casa, su hijo morirá.

Tras estas palabras, la conversación finalizó de manera brusca y unilateral. John se quedó un rato con el auricular en la mano, mirando lo que había apuntado en el cuaderno: “Lincoln con Liberty”, “buzón”, “18h”, “$50.000”. Colgó.

La noche anterior, al ver que su hijo no regresaba del partido, se puso en contacto con unos cuantos amigos suyos, que no fueron capaces de darle ninguna indicación y, por fin, decidió avisar a la policía, que no le tomó demasiado en serio y le dijeron que si no aparecía a lo largo del día siguiente volviera a llamar. Sin embargo, él sabía que algo malo había sucedido.

Miró su reloj: las ocho de la mañana. Podía ir al banco e intentar conseguir todo el dinero, aunque dudaba ser capaz de obtener tal cantidad en las próximas horas. Podría también denunciar el secuestro, pero no quería correr el riesgo; la policía priorizaría la captura de los secuestradores, y la vida de su hijo estaría en peligro. No, debía encargarse él mismo. La pregunta era cómo.

Su primera parada fue el banco. Allí intentó por todos los medios conseguir la totalidad del dinero, no pudiendo obtener más que 20.000 dólares, menos de la mitad, y eso después de hablar directamente con el director. Al menos, eso le serviría para ganar algo de tiempo. Tras salir del banco y asegurarse de que no le seguían, se encaminó hacia una agencia de alquiler de coches cercana, donde alquiló un discreto Toyota. Fue con él hasta el lugar de la cita y lo aparcó a una manzana de allí. Volvió a casa paseando, mientras ultimaba su plan. Una vez allí, cogió el teléfono y activó el desvío de llamada, de forma que cualquier persona que llamara a su casa fuera redirigida a su móvil. Por último, cogió la pistola que tenía guardada en el altillo del armario, la comprobó y se sentó frente al reloj de pared, esperando a que fueran pasando las horas.

A las cinco y media se colocó la pistola en la parte trasera del pantalón, se puso una cazadora vaquera y salió a la calle. Arrancó su coche y esperó unos minutos más antes de dirigirse a dejar el dinero en el punto designado.

Mientras conducía, intentaba hacer cálculos de las actividades de los secuestradores: dado que le llamarían a las seis y cuarto para comprobar que había llegado a su casa, lo más probable es que fuera a esa hora cuando recogieran el dinero, de manera que dispondría de tiempo para dejar su coche a un par de manzanas e ir a por el Toyota. Cuando le llamaran, tendría que decidir si decir que solamente había logrado conseguir 20.000 o mentir y decir que estaba todo. Pensó que ya lo decidiría conforme se desarrollaran los acontecimientos.

Cinco minutos antes de la hora indicada, John aparcó junto al buzón. La calle estaba desierta a esas horas, y John esperó que siguiera así. Aunque resultaba complicado seguir a alguien sin ser visto cuando nada más había dos coches en la carretera, el ruido del tráfico sería fatal a la hora de mantener la conversación telefónica. Introdujo el sobre dentro, miró de nuevo alrededor suyo y volvió al coche. Arrancó y, tal como tenía previsto, condujo un par de manzanas antes de abandonar su coche e ir hacia el otro vehículo.

Acababa de arrancar el Toyota, varios minutos después, cuando sonó el teléfono. Era el número de su casa, lo que indicaba que la llamada había sido redirigida. De repente pensó que podrían tener a alguien vigilando su casa en ese momento, alguien que podía haber avisado de que John no había vuelto aún. Pero tenía que correr el riesgo.

—John Scott —dijo.

—¿Ha depositado el dinero en el lugar indicado? —Era la misma voz que le había llamado por la mañana.

—Sí —respondió rápidamente, y sin pensarlo mucho continuó—. No he podido conseguir todo el dinero, si me dejan un par de días más podré darles el resto.

La voz al otro lado no respondió. John oyó de nuevo la respiración, y también se percató de otra cosa: se escuchaba un sonido como de ventilador. No, era un helicóptero; el mismo que, en ese momento, estaba viendo sobrevolando las calles cercanas. Un helicóptero de tráfico que, con toda seguridad, contendría un par de pasajeros aburridos por la falta de acción en la zona. El secuestrador estaba llamando desde un móvil, y no se encontraba muy lejos de allí.

—Tiene hasta mañana por la tarde para conseguir el resto, o su hijo morirá —respondió la voz con frialdad—. Le llamaremos por la mañana para darle las instrucciones de la entrega.

“Le llamaremos”… John se dio cuenta de que no había un nosotros. El secuestrador actuaba, casi con toda seguridad, solo. Mientras pensaba en eso, vio cómo una figura se acercaba al buzón y con unos cuantos movimientos conseguía abrirlo y coger unos cuantos sobres de su interior. John supuso que no quería tardar mucho y simplemente se dedicó a coger el contenido que le pareció tener el suficiente tamaño como para contener el dinero. Después, volvió a alejarse, dirigiéndose a un coche cercano. Cuando comenzó a moverse, John se preparó para seguirlo con discreción.

El recorrido no fue muy largo, aunque para él se hizo eterno, temiendo continuamente que el otro le descubriera e intentará zafarse de él, lo que llevaría sin duda a un desenlace trágico. Al parecer no fue así, ya el secuestrador detuvo su coche junto a una casa de doble altura —seguramente con un sótano—, salió de él y se introdujo en la vivienda con una aparente tranquilidad.

Ahora debía decidir un curso de acción. Podría intentar tirar la puerta abajo y entrar, pero eso avisaría de su llegada y pondría en peligro a su hijo. Otra opción era llamar a la puerta y, cuando abrieran, disparar al secuestrador; estaba convencido de que no había más que uno. Por otro lado, si se equivocaba en aquello, su hijo pagaría las consecuencias. Además, podrían verle por una ventana antes de abrir, y entonces todo habría acabado también. Se maldijo por no haber pensado sus siguientes pasos.

Bajó del coche, pistola en mano, listo para inspeccionar la propiedad. Como había pensado, en la parte trasera había una doble puerta con candado que daba al sótano, el lugar donde sin duda estaría encarcelado su hijo.

Subió de nuevo al coche y fue a comprar un instrumento que sirviera para cortar la cadena y abrir la puerta, mientras terminaba de pensar en el rumbo que debía seguir para que todo llegase a buen puerto.

Ya era de noche cuando regresó a la casa del secuestrador. Cogió su teléfono e hizo una llamada a la policía, en la que contó todo lo ocurrido y dio la dirección en la que se encontraba. En cuestión de minutos los agentes estarían en la casa, pero antes él tenía que estar seguro de que su hijo no correría riesgos, así que fue a las dobles puertas y rompió la cadena lo más silenciosamente que pudo. Abrió la puerta.

El sótano estaba oscuro, aunque no lo suficiente como para ver que allí no se encontraba su hijo; el lugar estaba repleto de muebles viejos y tuberías, nada que indicara que en ese sitio habían tenido retenido a nadie. El sonido de las sirenas iba en aumento y no lo dudó: subió por las escaleras a toda velocidad y se dirigió a la parte superior de la casa, buscando el dormitorio del secuestrador. Éste se había levantado ya, alertado por las pisadas de John, y comenzó a abrir la puerta en el mismo momento en que John llegaba a la planta. Sacó la pistola y le dio un fuerte golpe en la cabeza, que hizo que el secuestrador cayera bruscamente al suelo.

—¿¡Dónde está mi hijo!? —John apunto la pistola en dirección a la figura caída—. ¿¡Dónde está, hijo de puta!?

Sin dejar de encañonarle, John buscó el interruptor de la luz. Cuando lo encontró y lo encendió, vio que en el suelo se encontraba una persona que conocía. Era el profesor de gimnasia de su hijo. Éste habló:

—¡John, lo siento! ¡Necesitaba el dinero! ¡Yo no he secuestrado a tu hijo! ¡Simplemente estaba allí cuando le secuestraron y lo vi!

En ese momento sonó de nuevo su móvil. John miró el número: una nueva llamada redirigida.

—Señor Scott, tenemos a su hijo. Si quiere volver a verle con vida, siga nuestras instrucciones al pie de la letra.

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