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Fernando observaba cómo el cuchillo se deslizaba, atravesándolo todo a su paso. Le hubiese gustado ser él quien realizara aquel ritual, pero no se sentía capaz de hacerlo. Durante años, su ansia parecía no poder tener salida… hasta que lo conoció. A él no parecía temblarle el pulso mientras esgrimía el afilado objeto, no dudaba a la hora de usarlo; intentó alejar de su mente cualquier otro pensamiento para no perderse ningún detalle de la obra. ¿Quién sabe? Tal vez, algún día, el propio Fernando sería capaz de hacerlo también.

Algo había pasado. ¿Por qué se detenía? Intentó echar un vistazo sin demostrar su nerviosismo. Al parecer, el cuchillo había tocado hueso. Lejos de desanimar al otro, este hecho solo hizo que usara un nuevo ángulo y continuase con su labor. Era increíble la sangre fría que tenía, pensó Fernando.

Tras unos minutos, que parecían a veces largos como años y otras veces raudos como décimas de segundo, Fernando se dio cuenta de que había llegado el momento de cumplir con su parte. Metió la mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón y miró al hombre que tenía enfrente, que ya había finalizado su tarea. Fernando asintió a la pregunta del hombre sin apenas comprenderla, absorto aún por el espectáculo que acababa de presenciar.

–Me había dicho cuarto de kilo de jamón, ¿no? Aquí tiene.

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