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La luz asomó tímidamente por la sucia ventana mientras la anciana mujer, levantada ya hacía más de una hora, seguía con sus quehaceres diarios sin prestar atención. Incluso la promesa de un cálido día en aquel mes frío no era nada en comparación con lo que ella esperaba. A pesar de quedar aún varias horas, comenzó a colocar platos, vasos y cubiertos sobre el mantel bordado que previamente había situado en la redonda mesa del estrecho salón. Tras realizar ese ritual, con tanta devoción como cuando rezaba cada noche antes de acostar, se sentó unos momentos a descansar. Observó el calendario de nuevo: era sábado. El día en que su hijo aparecería, a medio día, haciendo que la mujer sintiera de nuevo la calidez de su propia sangre corriendo por sus venas; que la sonrisa apareciera una vez más en su rostro. En definitiva, que pudiera disfrutar otra vez de la Vida. La Vida, con mayúsculas.

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