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Manuel se detuvo en seco y miró a su mujer. Ella también parecía haber escuchado el crujir de ramas entre la frondosa vegetación que tenían frente a ellos. Tal vez se trataba de un pequeño roedor o de cualquier otro animal inofensivo, pero Manuel no quería correr riesgos.

—Ana —dijo, susurrando—, retrocede despacio.

Volvió a girar la cabeza en dirección a la maleza, intentando discernir algún movimiento amenazante. Incluso sin el agobiante calor, la tensión le habría hecho sudar copiosamente; tal era el estado de nervios que tenía. No pudo evitar pensar en los motivos que le habían llevado a realizar este viaje al Amazonas.

Fue durante su último aniversario de boda. Él le regaló un pequeño anillo de diamantes, pues era algo que Ana había querido desde hacía años, aunque el bajo salario de Manuel unido a la cantidad de pagos a los que tenían que hacer frente hacía inviable un gasto así. Con la hipoteca de la casa recién terminada de pagar, finalmente tomó la decisión de gastar parte de sus ahorros y darle ese gusto a su pareja.

Lo que no se esperaba, por supuesto, era el regalo que ella tenía preparado.

—¿Un viaje? —Manuel miraba los billetes de avión sin ser capaz de aceptar lo que veía— ¿Dos semanas en el Amazonas? Cariño, esto tiene que haberte costado…

—¡Qué va! —respondió ella, sonriendo—. Era una oferta de la agencia. Seguro que me he gastado mucho menos que tú.

Su sonrisa fue creciendo mientras miraba su anillo. Por fin, esa pequeña crisis por la que estaban pasando tenía visos de terminar.

Los pensamientos de Manuel fueron interrumpidos bruscamente por un grito de mujer. Ana.

—¡Dios mío!

Cuando se dio la vuelta no pudo ver rastro alguno de su mujer, a pesar de que el grito había sonado cercano.

—¿¡Ana!? ¡Tranquila, cielo! ¡Voy para allá!

Pero ¿dónde era «allá»? Decidió retroceder por el camino que habían tomado para llegar hasta allí, maldiciéndose por no llevar encima ninguna clase de arma. Por suerte, Ana llevaba el pequeño machete con el que fueron cortando lianas y hierbas altas. Sin querer correr, caminó con rapidez en busca de ella en aquel laberinto verde y marrón, plagado cada vez más de extraños gruñidos y graznidos.

—¡Manuel, aquí!

¿Estaba acercándose o alejándose? Resultaba casi imposible situar su voz, amortiguada por el resto de sonidos. Debía fiarse de su intuición, no tenía otra opción. Se puso a correr en la dirección que pensó era la correcta y, como no podía ser de otra forma, se equivocó.

—¡Ana! —Era un grito de hombre, lleno de angustia y terror. Manuel también sintió esas sensaciones, tanto por pensar en qué le había ocurrido a su esposa como por escuchar la voz de un desconocido en la selva llamándola por su nombre.

Esa vez sí pudo ubicar el origen.

Tras una corta carrera se encontró frente a frente con el hombre al que acababa de escuchar gritar. Y le reconoció. Era Tomás, su joven compañero de trabajo. Su amigo. ¿Qué hacía allí?

Tomás también se le quedó mirando con los ojos como platos, antes de volver la vista en dirección a un sanguinolento bulto en el suelo. Incluso de refilón, Manuel supo de qué se trataba.

Sobre el cuerpo de su ahora difunta esposa se encontraba un enorme felino. La sangre chorreaba de su mandíbula y un desagradable sonido se originaba en su garganta. No hacía falta ser un experto para darse cuenta de que el animal iba a atacar de un momento a otro. No era el mejor momento para pedir explicaciones.

—¿Qué demonios haces tú aquí? —preguntó Manuel. La respuesta, por desgracia, resultaba bastante obvia, sobre todo teniendo en cuenta los acontecimientos de meses pasados que, si bien en su momento no le parecieron importantes, ahora eran como piezas de puzle que se colocaran por sí solas. Esas inesperadas visitas en casa, las charlas en las que Ana —según ella decía— le aconsejaba sobre cómo resolver sus problemas maritales, las aceleradas salidas de la oficina cuando él debía quedarse a terminar algún trabajo…

«Si no nos hubiésemos casados en gananciales…», le había dicho Ana recientemente, durante una de sus múltiples discusiones. Ninguno de los dos era rico, así que esa frase no tenía mucho sentido. Excepto por la herencia que Ana había recibido medio año antes. Según ella, unos pocos miles de euros. ¿Y si era mucho más? ¿Y si se trataba de lo suficiente como para no arriesgarse a perder la mitad? Viuda, rica y con un amante veinte años más joven que ella; parecía un plan en toda regla.

Un plan que se había ido al garete, vista la situación actual.

—¡Joder, ya hablaremos! —dijo Tomás entre dientes—. Ahora hay cosas más importantes ¿no crees?

Manuel no respondió. En lugar de eso, se acercó al chico y, sin previo aviso, lo agarró con fuerza.

—No, no hablaremos luego.

Sin pensárselo dos veces, le arrojó hacia el expectante animal, que no tardó más de un par de segundos en abalanzarse contra su nueva presa. A pesar de que la carnicería que estaba presenciando era sumamente desagradable, y sabiendo que la sensatez dictaba salir lo antes posible de allí, Manuel se quedó quieto, en silencio, observando la escena sin inmutarse.

Viudo y rico. Ahora solo le faltaba buscarse una amante.

 

 

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