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Sé quién soy. Mi nombre es Walter James Montgomery. Nací en Norfolk, Nebraska, el siete de abril de 1970. He llevado una vida bastante tranquila, intentando no molestar a nadie, mientras trataba de cumplir los objetivos que me iba proponiendo en la vida, que tampoco eran demasiado ambiciosos. Me casé hace casi veinte años con mi novia del instituto, Mary Ann, y tenemos dos preciosos hijos.

Yo… sabía quién era. Y, de repente, todo cambió.

No me llamo Walter, ni nací en 1970. Jamás he pisado Norfolk, ni me he casado, ni he tenido descendencia.

Una vez escuché (no, no lo hice, en realidad) una reflexión que me produjo cierta angustia: «¿y si el mundo no existe? ¿Y si todo es un sueño?».

El mundo, mi mundo, es un sueño. Lo más aterrador, sin embargo, es que no soy yo el que está soñando. Tan solo formo parte de un elaborado escenario surgido de la mente de alguien; de una persona que está a punto de despertar y, cuando abandone el mundo onírico, todo se esfumará para siempre.

Si lo piensas bien, es peor que la muerte. Nadie llorará por mis hijos ni por mi esposa; nadie recordará siquiera que existieron, que hemos existido, que teníamos sueños, esperanzas e ilusiones, que sentíamos el ansia de vivir, que sufríamos y que disfrutábamos.

Que éramos reales.

Aunque mi vista se nubla, soy consciente de cómo todo desaparece ante mí. Mi propia mente no es capaz de retener las imágenes de mi vida. Cada vez me cuesta más recordar dónde o cuándo nací, o si tengo familia. Siento un fuerte dolor en la cabeza, como un picoteo que aumenta en intensidad y me hace acabar de rodillas sobre el frío suelo.

No sé quién soy. No sé quién era. La misma realidad parece rasgarse, partirse en dos, y alcanzo a vislumbrar otro mundo. Las trompetas del apocalipsis retumban en mis oídos, y sé (lo sé) que todo ha llegado a su fin.

Sé quién soy. Mi nombre es Laura Escudero. Nací en Madrid hace veintitrés años. Siempre he querido ser escritora —incluso sin tener del todo claro qué significa serlo— y, por fin, tengo una historia que quiero contar. Que necesito contar.

Apago el despertador y salto de la cama en busca de un cuaderno y un bolígrafo. He de darme prisa y escribir antes de que se desvanezca de mi mente. Contar la historia de Walter James Montgomery, de Norfolk, Nebraska.

Un efímero sueño está a punto de alcanzar la inmortalidad, negro sobre blanco.

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