Etiquetas

eclipse-2

¿Recuerdas ese temblor? ¿El primer temblor? Fue fuerte, muy fuerte. Las paredes que durante años te habían hecho sentir seguridad parecían bambolearse como si el ladrillo y el metal hubiesen sido sustituidos por gelatina y agua. El suelo, mientras se formaban las decenas de grietas, gritaba de dolor —del dolor producido, del dolor por producir—, haciendo que una escena espantosa se transformara en una aterradora. Preparando el advenimiento.

«Lo recuerdo muy bien. Demasiado. No era capaz de moverme, estaba paralizada.»

¿Te acuerdas del hombre con quien estabas? ¿Lo haces alguna vez? Robusto y sin miedo, así le habías visto siempre. Una persona que se veía capaz de soportar cualquier sufrimiento, de superar cualquier prueba. En aquel momento lloraba, sin dejar de mirarte fijamente a los ojos. Una mirada que resultaba imposible de olvidar, tan cargada de miedo, de pánico, de desesperación. Dejó de llorar cuando parte del techo se derrumbó sobre su cabeza, convirtiéndola en un amasijo gris y rojo.

«¿Cómo podría no acordarme? No tuve las fuerzas ni el valor para ayudarlo. Murió ante mí, sufriendo por mí.»

¿Eres capaz de evocar a esas criaturas? ¿Sus cuerpos sin forma de extraños brazos, y aquellos rostros exentos de piedad? Sentiste pavor al verlos. Los chasquidos que emitían, pensaste, eran una cruel imitación del lenguaje humano. No, no solo del humano; de cualquier lenguaje que hubiese existido alguna vez en el planeta. Un sonido que provenía de los más recónditos y oscuros rincones del universo, o quizá de fuera de él.

«No eran voces; más bien risas. Se reían contemplando la desolación que habían causado, la destrucción y la muerte que se extendía por todas partes. Tal vez también se reían anticipando la destrucción que todavía iban a causar.»

¿Y después? ¿Viene a tu mente lo que sucedió tras el primer ataque? Creías que la muerte sería tu destino, el de todo el mundo; que aquello iba a ser el fin de la humanidad. Pero no fue así. Esos seres de más allá del espacio, esas criaturas fuera del tiempo perseguían algo muy diferente a la destrucción de una raza: querían la perpetuación de otra. De la suya. Buscaban suelo fértil en que sembrar su semilla cósmica.

«Todos esos detalles están aún frescos en mi mente y en mi cuerpo. Se metieron en mi mente. Se introdujeron en mi cuerpo.»

¿No deseabas que todo terminase? ¿No querías que llegase la paz? Muchos como tú la anhelaron, creyendo en su ignorancia que la supervivencia era más importante que la libertad; que se hallarían a salvo compartiendo sus alimentos y trabajos, sus vidas, junto a quienes ya habían usurpado sus mentes y sus cuerpos sin dudas ni remordimientos, y que no titubearían a la hora de volver a hacerlo. No fue una treta del enemigo, esa es la verdad, sino más bien un simple autoengaño del hombre.

«Quería que todo terminase. Lo deseaba tanto… Todos queríamos despertar de aquella pesadilla.»

¿Terminó todo, entonces? ¿O fue a peor? Ya sin obstáculos, no tardaron en situarse en los principales puestos de poder, tanto financieros como políticos y religiosos. La conquista estaba concluyendo sin necesidad de luchar, sin tener que usar armas o tecnología, y el ser humano fue finalmente quien había terminado traicionando al ser humano; quien lo había vendido por treinta piezas de plata; quien, sin necesidad de ningún caballo de madera, había derribado las defensas de la humanidad desde el interior. El paciente y la enfermedad a la vez, mientras ellos se dedicaban a observar pacientemente cómo sus planes de iban desarrollando por sí solos.

«Ya no estábamos en guerra. Conseguimos la paz.»

¿La paz, dices? ¿Tal vez te refieres a la esclavitud? Primero lograron unificar las leyes a nivel global. Un acontecimiento singular que, en teoría, uniría razas y credos. Después lo hicieron con la política. Y, por fin, consiguieron lo impensable: una única religión oficial. Exclusiva. Excluyente. Un único Dios, su Dios. Una sola verdad: ellos mandaban, y así lo harían por toda la eternidad. La raza humana sojuzgada, poco más que animales —o mucho menos que ellos—, con el simple objetivo de servir como distracción, como entretenimiento. Esa es la paz que trajeron.

«Servimos…, pero vivimos…»

¿Por cuánto tiempo? ¿Qué depara el futuro? Ellos ya han obtenido lo que buscaban, lo que anhelaban. Querían el control, y lo tienen. La humanidad es como el juguete con el que un niño juega el día de su cumpleaños, pero cuyo interés decrece con rapidez hasta que acaba destrozado, roto, inservible. Como un globo que se ha hinchado hasta su límite, y cuyo siguiente paso no puede ser otro que explotar y quedar convertido en meros trozos de plástico. Un mundo sin mañana, eso es lo que hay a la vuelta de la esquina. El público ya ha aplaudido, y el telón está a punto de cerrarse para siempre.

«Por eso estoy aquí.»

¿Después de sacrificar el honor? ¿Tras dar más valor a tu cuerpo que a tu alma? Seguramente la rendición sea lo que buscas, no la lucha. Dejar que los últimos pensamientos, los últimos recuerdos, se desvanezcan mientras la vida te abandona. No está aquí esa paz de la que hablas, por la que has dado de lado a todo lo que te importaba realmente. Has perdonado lo que le hicieron, lo que te hicieron y lo que han hecho y están haciendo al mundo. Ahora solo te queda olvidar. Morir. Dormir. Incluso, quizá, soñar. Te rendiste hace tiempo, incapaz de evadir la fruta prohibida que la sibilina sierpe te ofrecía. Vete.

«No. ¡No! He cometido muchos errores, y lo sé. No cometeré otro más.»

—Entonces, hermana —dijo el hombre, soltando los cables y quitando el casco metálico de su cabeza—, ya estás lista para formar parte de nuestra orden. Bienvenida de nuevo a la fe y a la libertad. Bienvenida a la última línea de defensa.

Sin dejar de mirarla y de sonreír, levantó los brazos y terminó de hablar.

—Ya eres de la resistencia. Bendita seas.

Anuncios