Etiquetas

,

Tras varios días de viaje, por fin llegué a la vetusta ciudad. Estaba cansado tras el camino, y la poca comida que había podido conseguir se había terminado el día anterior. Aquí la mendicidad estaba prohibida y, no teniendo ninguna gana de acabar en prisión o expulsado de la ciudad, tomé la decisión de buscar una taberna y confiar en la bondad del dueño. Además, ese sería un buen sitio para comenzar su búsqueda; puede que el tabernero supiera algo, o quizá la conversación de algún parroquiano me ayudara en mis pesquisas.

No tardé más de media hora en encontrar una. Las paredes exteriores estaban muy deterioradas y apenas podía leerse el nombre del lugar. Lo cierto es que tampoco presté mucha atención y en mi recuerdo solo queda que llevaba el nombre de dos animales. En cualquier caso, tal dato tampoco es relevante para mi relato, no así lo que acaeció dentro.

Como dije, el aspecto exterior era bastante ruinoso. Sin embargo, el lugar estaba abarrotado. Me dirigí sin dilación a ver al tabernero, con la esperanza de poder tomar algo de pan y, tal vez, una jarra de vino o de alguna bebida espiritosa que me hiciera entrar en calor, pues comenzaba el invierno y entre el frío y la humedad, notaba cómo mi cuerpo se entumecía.

Cuando me encontré frente a él, me quedé un momento meditando mis palabras mientras le observaba. Parecía un hombre rudo, era corpulento y de una altura por encima de la media; su cara se veía un poco hinchada, con una tupida barba que contrastaba con su incipiente calvicie. Quizá lo más llamativo eran sus ojos, bajo las pobladas cejas, de un color que podía confundirse con el cielo de un día despejado.

Iba a decidirme a hablar cuando el robusto personaje sonrió. Me di cuenta de que me ayudaría, al menos respecto a la comida y la bebida. Y así fue, no pasaron ni dos minutos antes de que una jarra pasara de su mano a la mía. Más aún, cuando me acomodé en una mesa y me trajo un plato de comida, él también se sentó conmigo, preguntándome en primer término mi nombre para después interesarse por mi viaje.

A pesar de que temía ser objeto de burlas, le conté tanto el motivo de mi viaje como los datos que tenía sobre la persona que andaba buscando. Se mantuvo serio durante toda mi exposición y al terminar dio un profundo trago de su jarra antes de hablar.

Anochecía cuando salí de allí. No solo ya no me sentía cansado y hambriento, sino que ya tenía un nombre y un lugar en el que buscar. Por otra parte, el tabernero me indicó una dirección cercana donde me darían alojamiento esa noche. Tras varias noches durmiendo a la intemperie, me pareció que el duro colchón era la más suave cama en la que jamás había estado.

Era media mañana cuando abrí los ojos. A través de la ventana pude ver que caía una fina lluvia, aunque eso no me retrasó. Me dirigí hacia los muelles, esperando que al llegar alguien pudiera darme más datos. Cuál no sería mi sorpresa cuando, junto al primer barco que encontré, que estaba siendo cargado en ese momento, se encontraba mi objetivo.

Lo reconocí al instante: alto y delgado, con el pelo negro y largo, y un porte majestuoso. Daba órdenes a un grupo de hombres y no pareció percatarsevio hasta que estaba apenas a cuatro pasos de él. Cuando se volvió y me miró, recorde el sueño.

En él, me encontraba en un paraje extraño. Un rebaño de corderos atrajo mi atención y me acerqué. Para mi sorpresa, los corderos fueron esfumándose hasta que solo quedó uno, que me miró y, acto seguido, levantó el vuelo. No me sorprendió, en parte porque sabía que era un sueño, aunque principalmente porque lo que más me llamaba la atención era el brillo dorado de su piel. Mientras se alejaba volando, un hombre se acercó a mí –el hombre que ahora mismo se hallaba frente a mí–. Tenía una expresión amable en su rostro. Vi cómo, detrás suyo, un soldado vestido con un extraño atuendo se dirigía, espada en mano, hacia él. En ese momento me di cuenta de que yo mismo llevaba una espada en el cinto. La desenvainé y me encaminé hacia el soldado para evitar que atacara por la espalda al apuesto desconocido. De repente, el joven y el soldado, junto al alado cordero y al resto del paisaje, desaparecieron dando paso a una ciudad que a pesar de no conocer en ese momento, con los detalles que vi fui capaz de localizar tras hablar con los viajeros que pasaban por mi pueblo.

Y allí estaba finalmente, guiado por lo que pensaba podía ser un simple sueño, y ahora estaba convencido era una visión. Quizá fue por mi propia convicción, o tal vez por la bondad del hombre; la cuestión es que no dudó en ofrecerme la mano y decirme estas tres palabras:

“Bienvenido al Argos”.

Anuncios