Etiquetas

,

Me froté los ojos, incrédulo, pero no había lugar a dudas; en aquel banco del parque, el hombre que dibujaba en una libreta no era otro que yo mismo. Un yo más joven, quizá más entusiasmado y, sin duda, mucho más ingenuo.

Di unos pasos hacia él —hacia mí—, con lentitud. Quería decirle que lo dejara, que no merecía la pena el esfuerzo. Contarle que el futuro no sería en absoluto como él esperaba.

Entonces, alguien me agarró para detenerme. Era yo, aunque con muchos más años y mucho menos pelo. Me miró fijamente y, sin hablar, negó con la cabeza. Su expresión denotaba serenidad e incluso felicidad, casi igual que mi otro yo, el que estaba sentado dibujando sin parar.

Se alejó sonriendo y yo volví a echar un vistazo a mi joven álter ego. Sin pensarlo, me di la vuelta y abandoné el parque sabiendo que el destino sería más brillante cuanto más oscuro fuese el camino a recorrer.

Y yo también sonreí.

Anuncios