Siempre es la misma historia: chico conoce chica, chico invita chica a cenar, chico se acuesta con chica, chico mata chica… Al menos, lo era para mí. Hasta que la conocí a ella.

Sara, se llamaba. La conocí en el parque, como a tantas otras, mientras sacaba a Rocky —un Cocker Spaniel de doce años— de paseo. La noche anterior había helado, y esa mañana hacía un frío de mil demonios. No solía ir de caza en invierno; lo que me atraía de ellas eran los escotes provocativos, las minifaldas cortas, sus desnudos brazos provocándome. Cuando vi a Sara llevaba un abrigo largo y unos vaqueros, pero sus ojos —unos ojos azules, profundos, perturbadores— me cautivaron. Me miraba sin apartar la mirada, no como las otras, que solían rechazar mi físico al principio.

En honor a la verdad, he de decir que no soy un Adonis. Tampoco un monstruo, por supuesto, mas mis incipientes entradas, mi torcida nariz y mis enormes orejas les resultaban, cuanto menos, algo cómico. Al final era yo quien reía, mientras ellas miraban horrorizadas las partes de su cuerpo que iba mostrándoles, mientras se desangraban poco a poco.

Pero volvamos a Sara. Estaba paseando a su perro, igual que yo. No sabría decir de qué raza era, tan solo que no medía mucho más que una rata y andaba de forma graciosa. Contra todo pronóstico, fue ella quien comenzó a hablarme.

—Hace frío hoy.

Asentí, aunque no había sido una pregunta. Pasaron mil frases por mi mente, mas ninguna me pareció apropiada. Afortunadamente, la chica continuó hablando.

—Me llamo Sara. ¿Vienes mucho por aquí?

—Todos los días —respondí con timidez—, aunque suelo pasar un poco más tarde. Rocky tenía hoy más ganas de hacer sus necesidades que de costumbre.

Si bien sus ojos tenían la fuerza de un mar embravecido, su voz en cambio era tan suave como la seda. No pude evitar imaginarla entre mis brazos, desnuda, indefensa, totalmente mía.

—Yo soy Raúl —dije, tras darme cuenta de que no me había presentado—. Encantado.

Estrechó mi mano con firmeza, algo que me sorprendió y, de alguna forma, también me excitó. Debía ser mía.

Claro, igual no sabéis cómo funciona esto de ir buscando víctimas. Os lo explicaré: lo primero es comenzar una conversación con el objetivo; hacer que te vean como un hombre respetuoso y tranquilo, un adalid de las buenas maneras. Después, una vez la charla va fluyendo, hay que usar algo de psicología —o así lo llamo yo—; contar cosas genéricas, algo con lo que la otra persona pueda sentirse familiarizada. Hablar de cine, pero dejando que sea ella quien te indique el tipo de películas que le gustan, o de comida, y hacer lo propio. La cita tiene que ser sugerida por ella.

—No te quiero molestar más, Raúl. Ha sido un placer.

Iba a irse. Era ahora o nunca.

—No me has molestado en absoluto, Sara. Más bien, agradezco algo de compañía a estas horas. ¿Me permites que vaya contigo? Paseando a los perros, quiero decir.

Su sonrisa, en esos labios finos y delicados, indicaba una afirmación. Tuve que dar un pequeño tirón a Rocky, que había decidido sentarse, y seguí a Sara.

—¿Cómo se llama? —pregunté, mirando al pequeño chucho. El nombre de las mascotas, en muchas ocasiones, sirve para dar indicios de los gustos de sus dueños.

—Miri —me dijo—. Es una Brichón Frisé.

No había escuchado esa raza en mi vida, pero puse cara de conocer previamente el dato. El nombre de la perra no me dio ninguna pista sobre la personalidad de Sara, por desgracia.

—El tuyo se llamaba Rocky, ¿verdad? ¿Cómo Rocky Balboa?

El comentario me hizo gracia, la verdad.

—¿Te gusta Stallone? —pregunté, mientras intentaba averiguar más cosas.

—Me vi la primera de Rocky por un antiguo novio que tuve, pero no es mi estilo. ¿Te gustan las películas violentas?

Tras su declaración, la respuesta estaba clara.

—No mucho.

Se quedó esperando a que siguiera hablando. La jugada no me estaba saliendo bien, pero no me quedaba otro remedio que arriesgarme y decir algo.

—Soy más de comedias —dije—. ¿Y tú?

—¿De comedias? ¿Las americanas? ¿Esas con el Ben Stiller?

Estaba jugando a ciegas con Sara. El tono de las preguntas que acababa de realizar no dejaba claro si ese estilo de comedias le gustaba. Por Dios, ni siquiera sabía si ese era su género preferido. Decidí arriesgarme.

—Un poco de todo. Pero sí, me divierto con Stiller. Precisamente, esta tarde tenía pensado ir a ver la última.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó, deteniéndose—. Yo iba a ir a verla también. Claro que supongo que irás con tu chica.

Era yo quien no podía creérmelo. Estaba funcionando bien, muy bien, excepcionalmente bien. Ahora, a soltar el discurso de siempre.

—Me temo que Rocky es el único que me soporta —dije, poniendo una media sonrisa y alzando las cejas—. Además, a la mayoría de las chicas no les gusta tener que compartirme con él.

Eso siempre funcionaba. Y aquella vez no sería la excepción.

—Raúl, tengo que irme ahora. Si te animas a verla conmigo, podemos quedar esta tarde. ¿Te parece sobre las seis, en la puerta del parque?

No esperó mi respuesta. Antes de que pudiese despedirme siquiera, Sara estaba ya saliendo del parque, con Miri a su lado. Chico, este iba a ser mi día de suerte.

Llegué a las seis menos cinco, y tuve que esperar quince minutos a que Sara hiciera acto de presencia. Durante ese tiempo pensé que quizás había sido una estratagema para deshacerse de mí. No fue así. Vimos la película, cenamos en un Burger y acabamos en mi casa, haciendo el amor como dos adolescentes. Fue increíble, de verdad.

Ni siquiera se me había pasado por la cabeza que Sara había usado mis mismos métodos para captar mi atención. Que logró sacar mis gustos de forma sutil. Que me había llevado al cine, a cenar y a la cama, igual que había hecho yo tantas veces con tantas mujeres. No, no me percaté de todo esto hasta que me desperté atado y amordazado en una silla.

Sara era mucho más civilizada que yo. Me anestesió antes de empezar a cortar y a mostrarme diversos pedazos de mí mismo. ¿Ya he hablado de sus ojos? Me sentía cada vez más excitado mirándola, mientras ella proseguía con su tarea. Una pena que, a esas alturas, no pudiera ya demostrar físicamente mi excitación.

Ahora, mientras las últimas fuerzas me abandonan, sólo lamento no poder volver a repetir esta experiencia. La experiencia más excitante que he vivido jamás.

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